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La fascinante ingenuidad de John Wilson

Pese al “Hi,New York” que abre cada capítulo de How to with John Wilson y pese a lo que pueda parecer, no es hablar de la Gran Manzana la principal pretensión del autor de esta serie, disponible en la parrilla de HBO. Evidentemente es Nueva York el epicentro de su discurrir y sobre todo su vivero de imágenes, y aun reconociendo que sí hay un capítulo indiscutiblemente neoyorkino (aquel sobre los típicos andamios que inundan la ciudad, How to put up scaffolding), sería muy atrevido decir que esta es una serie sobre la ciudad. Esto, básicamente, es otra cosa.

Andamios de Nueva York
Andamios de Nueva York

Cámara en mano, enfermizamente, el hasta ahora desconocido documentalista John Wilson recorre su ciudad. No hay otra como ella, en la que más y mejores imágenes podría encontrar para su fin último: explicar cómo son las cosas, tratar de dar respuestas a las cuestiones que le preocupan, aunque quizás a nosotros nos parezcan en un primer momento absurdas. Podemos preocuparnos al principio por cómo lo hace, por saber cuál es su proceso creativo. Lo descartamos al segundo capítulo, en cuanto entendemos que solo le interesa hacer didáctica de las relaciones humanas (¨si la conversación se pone chunga , un toque y adiós” se atreve a descubrirnos), algo obviamente común pero en lo que no reparamos hasta que un Wilson cualquiera nos lo pone en imágenes.

Entre el detallismo de un documental de naturaleza y la simplicidad de un videotutorial de Youtube , Wilson selecciona de sus miles y miles de horas de imágenes grabadas en las calles neoyorkinas y en los lugares a los que su atrevimiento le lleva aquellas que mejor le sirven para explicar sus inquietudes y las convierte en una sucesión frenética, con un ritmo que no da tregua en ningún momento. Solo una creatividad y un detallismo fuera de lo normal pueden conseguir explicar conceptos tan básicos como el pago de una cuenta en un restaurante a través de imágenes alejadas de aquellas que podríamos identificar con dicho acto.

Ritmo desde el punto de vista técnico e ironía desde lo narrativo. La curiosa realidad de Wilson nos entretiene y resulta tan ingenua (en How to make small talk, la sencillez es brutal: para poder tener un amigo “empecemos por salir de casa”) que nos lleva a dudar de que su vida, alrededor de las cámaras desde los tiempos lejanos en los que rodaba coloridos anuncios de televenta, sea realmente así, de lo absurda que por momentos nos parece; lo es especialmente cuando se aleja de Nueva York y llega a Cancún buscando relajarse (para caer de bruces en un festival de la MTV, “la Meca de las interacciones superficiales¨, él, que pretende explicarnos cómo hacer amigos) o cuando su búsqueda incesante le lleva a participar en un absurdo simposio sobre el efecto Mandela.

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John Wilson, HBO

Además del arsenal de imágenes de las que dispone, Wilson aprovecha su facilidad para rodearse de personajes ridículos a veces, indescifrables otras, siempre llamativos. La serie es un catálogo de dobleces: el caza pederastas al que sigue hasta Pennsilvania para conocer sus métodos de trabajo, el contable del supermercado que hace del efecto Mandela su leit-motiv, el restaurador de prepucios que oculta además un compositor de obras dedicadas, como no, a la circuncisión…

Cuando escuchamos a su amiga, al final del capítulo 4, decirle “te parecerá raro pero alguna vez deberías dejar la cámara y tratar de ser solo John” nos queda claro que Wilson pertenece también a ese catálogo, incluso podría encabezar una marcha friki sobre cualquier Capitolio.

Sin embargo, el capítulo final, nacido como algo banal (How to cook the perfect rissotto) para acabar convirtiéndose en un maravilloso canto a la amistad con su anciana casera en una ciudad ya asolada por la pandemia, aleja al autor de cualquier frivolidad y lo confirma como un humanista preocupado por las pequeñas grandes preguntas de la vida. Aguardamos por las que nos plantee en una segunda temporada ya confirmada.

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